La falta de matices en el espectro autista


   Las personas dentro del espectro autista somos muy diferentes entre sí, sin embargo, hay ciertas características no escritas en libros que de algún modo, mientras compartimos entre nosotros, vamos observando. Una de ellas, es que somos extremistas, tanto en la forma de ver la vida como en la sensación de los sentimientos.

      Comunmente de nosotros podrías escuchar en situaciones, digamos no muy impresionantes o importantes para la mayoría:

- Pasó algo terrible.
- Es demasiado maravilloso.
- Yo lo encuentro grave.
- Me tiene muy angustiadx o preocupadx.
- Ya no aguanto más.
- Es algo que me supera mentalmente.
- Nunca había estado tan feliz en toda mi vida.
- Lo odio o detesto.
- Lo amo.
- No le hablaré nunca más.
- Es algo que siempre voy a querer.
- Nunca voy a ser feliz en la vida.
- Jamás sabré lo que significa vivir aquello.

     Nunca, siempre, jamás, muy, demasiado son palabras recurrentes en nosotros, cotidianamente, porque nuestras vidas son tan confusas que la mayoría de las veces no logramos ver los matices, por lo que generalmente nos etiquetan de pesimistas u optimistas dependiendo de cuáles usemos más. Lamentablemente es algo que va más allá de nuestro control, sobre todo en la niñez y adolescencia, porque tiene relación tanto a la percepción distorsionada frente a situaciones sociales, como las sobrecargas o falta de estímulos sensoriales que hacen que todo lo que suceda alrededor sea extremo.

     Comúnmente las personas TEA nos encontramos con las siguientes respuestas del entorno frente a nuestra reacción:

- Tranquilx, que es solucionable.
- No es tan grave.
- ¿No estarás exagerando?
- Tanto así no es.
- Ya, relájate.
- ¿Cómo tanto?
- ¿Tanto así?
Entre otros.

     Estas frases recibimos porque el entorno no comprende el nivel de sobrereacción a las situaciones cotidianas. Pero para comprender mejor las razones de nuestro comportamiento, mostraré un ejemplo de lo que significa una sobrecarga sensorial cotidiana del tipo auditiva en personas TEA.



     Claramente los estímulos auditivos pueden colapsar nuestra mente por lo que cualquier detalle suma a la sobrecarga, sin contar que no sólo son auditivos, sino que también visuales, táctiles, olfativos, gustativos y propioperceptivos por lo que va más alla el nivel de distréss que nos generan estas situaciones.

¿Consejos?
     Mi consejo es comprender y respetar, si para alguien algo le parece difícil, es difícil y ya. No podemos comparar a cómo afrontamos las cosas en la vida sin considerar que a cada cual le afectan diferentes las situaciones cotidianas.
     Pero también va en nosotros en poder afrontar y conocer los matices de la vida, ya en la adultez he aprendido a ver la vida de esa manera, con bastante autocontrol pero que de a poco se ha ido naturalizando, y que me ha permitido comprender que nada es absoluto (a no ser las magnitudes y valores absolutos que no vienen al caso) ayudando a un mayor autoanálisis de mis acciones y pensamientos.

     Que pasar una vida preocupada, aun de cosas pequeñas no es ninguna gracia, por lo que prefiero vivir ocupada y fluyendo de un pensamiento a otro.
Por último, volver a recalcar, comprender y respetar.

La vida laboral de una persona con Síndrome de Asperger

     La vida laboral puede ser maravillosa y/o difícil independiente de poseer un diagnóstico, sin embargo, dependiendo de las oportunidades y de nuestras propias características, podemos encontrarnos con diferentes barreras y oportunidades.
   
      Les contaré mis experiencias variadas, no sólo para demostrar cuáles han sido los resultados en los diferentes rubros, sino también para motivar y dar esperanza que mientras una persona se lo proponga, será capaz de lograr tener un trabajo independiente de la etiqueta que lo acompañe.
    
     Hace 14 años tuve mi primer trabajo, cuando tenía 16 años. Debía ser promotora part time de tarjetas de crédito, y la verdad, es que cuando se presentó la oportunidad tenía mucho miedo, jamás había usado tarjeta ni sabía su uso, también el sólo hecho de hablar con personas desconocidas me daba temor, por lo que antes de trabajar, ya no lo quería hacer. Pero llegó el día de comenzar  y llegué media hora antes de lo presupuestado, lo que es común en mí, y me recuerda cuando a las 5 de la mañana ya me encontraba lista sentada en la cama esperando a entrar al primer día de clases, a cada uno de los colegios en los cuáles fui, 8 en total. Volviendo al tema del trabajo, como lo único que debía hacer era estar de pie, sonreír y acercarme a las personas, las horas pasaban lentamente, no hacías mucho, pero no era fácil acercarse a un desconocido con un discurso aprendido de algo que ni siquiera sabes que es verdad. Al final vendí como 8, por lo que admito no ser buena para persuadir a las otros.

     Luego a los 18 años, trabajé de vendedora full time en una tienda, vendía varios cachibaches, aros, anillos, accesorios para cabello, miles de productos, en esos típicos lugares que se llenan tanto que se debe sacar número. No da tiempo de pensar ni sentirse nerviosa, y si bien terminaba cansada, el día duraba muy poco, no me daba cuenta cuando ya debía cerrar el lugar. Mi jefa quería que trabajara de tiempo indefinido, pero me iba de la región de Magallanes a la región de Valparaíso. Nuevos tiempos y trabajos venían.

     A los 19 años volví a Magallanes, esta vez pensando que ya tenía un trabajo seguro, pero al llegar me doy cuenta que me habían mentido y llegue a la nada. Sin tener un lugar estable donde vivir, a las 6 de la mañana me puse a la fila en plena nieve y frío fuera de la fábrica de PescaChile, donde faenaban erizos, y a falta de personal me contrataron ese mismo día en el pesaje de productos. Trabajaba desde las 7 de la mañana a las 2 de la mañana del siguiente día (19 horas seguidas) de pie, sólo sentándome 45 minutos correspondiente a la hora de almuerzo, teníamos prohibido sentarnos. La fábrica estaba hecha de grandes contenedores, que se encontraban a -26 C°, al punto que trabajaba tanto con guantes de lana y de vinilo sobre estos y aun así dolía el frío. Me acuerdo que cuando lloraba los mocos se me congelaban y debía pestañar seguido o sino se congelaba la capa de húmedad que recubre el ojo. Eramos sientos de personas que trabajabamos en el interior, pero la mayoría del tiempo sólo se escuchaba el ruido de las máquinas ya que la mayoría nos encontrábamos en silencio. También, era común llorar o ver gente llorando, y la mascarilla de alguna manera te daba la intimidad de poder hacerlo. Una vez un compañero de trabajo de 19 años se puso a llorar al lado mío y le pregunté porqué lloraba, me decía que tenía 2 hijos, que no sólo trabajaba en ésta fábrica, sino que en otra que faenaban cerdos y aún así el dinero no le alcanzaba por las deudas, lloraba del cansancio y no saber qué hacer. También otra señora me dijo que yo era inteligente, que no me perdiera, que estudiara, que llevar una vida así era triste y la verdad es que al ver sus caras tenía de cierta forma razón. Al final tuve que dejar el trabajo porque se me echó a perder mi brazo por sobreexigirlo. Cuando me contrataron me dijeron que las personas anteriores no duraban más de un mes, la anterior había durado dos días, y de alguna manera me hacían ver que yo era genial por haber aguantado tanto, hoy me arrepiento de haber aguantado tanto...espero que hoy, luego de 11 años, esa empresa trabaje de manera diferente.

     Luego de esa experiencia cruda pero real, vi en el diario un trabajo para Torres del Paine, debía ir formal, pero con suerte tenía calzones, por lo que fui a una feria local y me compré ropa y zapatos usados. Debo admitir que me quedaban grandes, pero cumplían su objetivo. Llegué a la entrevista, ya nerviosa al ver que había gente antes que yo para ello, entro a la oficina de mi futuro jefe y de comienzo por sorpresa me habla en inglés. Si bien comprendo el inglés nunca había tenido oportunidad de hablarlo y estar en esa situación fue muy angustiante. Traté de hablar, expresarme, pero era como un robot tratando de hablar fluido. Al final me dijo que mi inglés era pésimo, pero que me daría la oportunidad e iba a trabajar de telefonista. Cuando llegue al lugar me pasaron ropa de trabajo, ropa nueva, dormía en una cabaña donde debía cortar leña con un hacha, una cabaña para 16 trabajadores, pero en un principio sólo eramos 3. Mi oficina tenía un ventanal con la mejor vista que pudiera desear, y era muy grande. La comida era rica y variaba de día a día, lo que más me gustaba era el día de los pasteles. En fin, de venir de una fabrica que me sobreexplotaba este lugar era el paraíso en la tierra. Pero también, si ya me sentía nerviosa utilizando un teléfono en la casa, recién a los 18 años usé por primera vez un teléfono público, el tener que trabajar de teléfonista, la sola idea me angustiaba. Las primeras veces que contesté fue como si estuviera hablando escondida dentro de un armario, con ladrones fuera de éste, entonces mi jefe me ayudó, y me empezó a llamar de mentira para practicar con él. De a poco fui teniendo menor timidez, ya podía incluso responder a personas que no sólo hablaban inglés, sino también portugues, italiano, coreano, japonés, etc. Y aprendí a estar en calma en casos de emergencia, todo gracias a mi jefe y compañeros que me ayudaron a crecer profesionalmente. Pero quise entrar a estudiar y fue cuando decidí volver a Valparaíso en búsqueda de aquello.
Trabajo en Torres del Paine
      Después mientras estudiaba trabajé en telemarketing, pero como no soy buena persuadiendo es el único trabajo del cual me pidieron irme (osea me despidieron, pero suena más bonito de la otra forma). También trabajé en el área de reclamos de una compañía teléfonica para España, donde me trataron de muchas maneras; muérete sudaca! vamos a ver! por la coña que te parió! entre otras, porque si bien podía ser buena atendiendo, el sistema computacional era tan mediocre y lento, que los datos de la persona se quedaban pegados en la pantalla por minutos y no podías hacer nada, o cuando se les ocurría hacer caso a esos anuncios de "suscribete con tu número xxxx y recibirás el horóscopo todos los días!" y luego les llegaba una cuenta de 10 mil euros y pico! y se ensañaban contigo. Si quieres recibir todos los males y mala vibra del mundo ese trabajo es ideal para ti.
     También trabajé contabilizando durante las noches productos en el supermercado, terminaba con las manos llenas de polvo. Además estuve de vendedora en una tienda de comida en un mall donde todo se llenaba de baratas y bichos por más que limpiaras ya que parece que son plaga en ese tipo de lugares. También trabajé de seguridad en eventos masivos como en conciertos, carreras de autos y de caballos, que si bien con un 1,54 mt. no asusto a nadie, era algo así como un chihuahua gritón. Lo bueno es que nunca me pasaron a llevar y a los ebrios los hacía caminar en una línea antes que me intentaran hacer algo.
     Y bueno, por último, mi trabajo en escuelas y en el ámbito educativo. Obviamente toda la experiencia anterior me sirvió para poder relacionarme con otros, comprender las diferentes experiencias de cada uno y bueno, entender que cada uno de mis estudiantes también tiene su propia realidad que debe ser respetada. Hoy a mis 30 años tengo mayor tolerancia con las personas y se más que muchos neurotípicos como debe ser la atención al público (hoy día es bastante mediocre), además de mi responsabilidad y puntualidad. Pero aún me falta por aprender, quedando mucho camino por delante y oportunidades.
     Por último, que un diagnóstico no te limite, no es una barrera, sino una vía para poder comprender que es lo mejor para cada uno/a. La venta quizás no es lo mejor para mí, pero si soy buena para otras cosas, lo ideal es encontrar nuestro horizonte.